En memoria de Carlos Montemayor
Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre con tu sonrisa
(que diez meses produjeron a tu madre largos trastornos)
comienza, tierno niño, que los que no sonrieron a su madre ni
un dios juzgó a tal digno de su mesa ni una diosa de su tálamo.
(Virgilio Bucólicas [IV] Biblioteca Básica Gredos Tomo 54, Página 22).
Por Jaime García Chávez
La espontaneidad y la claridad de la obra de Montemayor, de gran parte de ella, conmueven tanto al conocedor experto del arte poético, la literatura y la política, como al simple lector que lo aborda en cualquiera de estos grandes apartados de la actividad creadora y/o intelectual.
Trabajó en muchos campos y fue huésped asiduo de lo diferente, que va de la poesía a la destreza del traductor que recrea con nuevas manos textos consagrados en sus lenguas originales. En él está también el creador de ficciones memorables y el novelista que rebasa con mucho los moldes de la novela histórica. En él encontramos, además, al periodista oportuno y de excelente pluma que realiza el análisis político que no le pide nada a nadie.
Gran académico, excelente conversador y gozador de la tertulia de amigos. Hombre que pudo frecuentar el salón de la élite intelectual y convivir y comer amable y entusiasta con los indios de México cuya voz propia él se dedicó a reconocer. Así, avanzaron un gran tramo hacia la universalidad para que nadie olvide que poesía y filosofía se hace en todo el mundo, no nada más en los grandes y consagrados centros en los que abrevamos. Fue generoso, valiente y buscador de veras.
Su sensibilidad poética otorgó un nuevo peso a la emoción de ser revolucionario insurgente en un país de violencia endémica. Carlos reconoció a las mujeres un espacio reservado, que muy pocos de su talla admiten, en los grandes procesos sociales y en la revuelta social.
Al momento de su muerte, Carlos Montemayor estaba preparado para escalar nuevos peldaños. La fusión de su segura conciencia intelectual con la pureza decantada de su expresión —poética y de excelente castellano— le ganó una originalidad raramente reconocida en los grandes pensadores de América y el mundo. En este ensayo pretendo referirme, como simple aficionado, a su poesía, para luego —en un salto grande— reflexionar sobre sus aportes al examen de la violencia de Estado en el país, su influencia como intelectual político, para terminar en cómo se le percibe en su microcosmos chihuahuense.
1. LA POESÍA
La poesía de Carlos Montemayor es la suave musicalidad en medio de una vida decididamente valiente y desafiante. En el espacio que deja la prosa que atestigua, se yergue la poesía que nombra.
La prosa de Carlos Montemayor demuestra y convence; su poesía muestra y llena de preguntas. En su prosa, las imágenes se diluyen; en su poesía, las imágenes se condensan para cantar mejor y doler más.
Elegía de Tlatelolco [1968], VI
Todo quedó en esta plaza
nuestro amor en las piedras otra noche derrumbada
el silencio vela como ataúd madre y hombre
entre las botas y escupitajos de las escoltas
y la vida se ensucia
escondida en los edificios
con el afanoso mendrugo
que nos queda del amigo que no alcanzó a huir.
No hay acontecimientos que se narran despacio para digerir lentamente; sino, más bien, golpes definitivos e inesquivables. Golpes de realidad externa e interna. En la poesía de Montemayor, como en su vida, lo que pasa a uno, ocurre a todos. El dolor es uno, indisoluble y compartido, y nos compromete, por un lado, a no eludirlo y, por el otro, a remontarle para construir a partir de esas ruinas una vida que todo lo ve, que todo lo siente, una vida con memoria y esperanza.
Elegía de Tlatelolco [1968], VI
Todo quedó en esta plaza:
la piedra inmemorial del sacrificio
sacerdotes que olvidaron la pureza
y ciegamente buscan nuestro corazón:
sacrificado sin astucia
espontáneo y atraído por el placer antiguo de la tierra florida
ahora conoció el engaño y la pureza
germinará en la sangre la flor de la desconfianza.
Todo quedó en esta plaza
tantas piedras lastimando el aire
tanta piedra que oyó el múltiple estertor
de muchachos y quedó en su raíz
la amargura y la dulzura de este silencio
(la luz precipitada en el cielo me descubre
y el afecto del día llega al dolor a través de la mirada
imposible olvidar
imposible quedarse muerto)
Al menos, en lo que a su poesía se refiere, Montemayor enhebra estos dos niveles de realidad (externa e interna) en una relación dialéctica: donde la una determina a la otra; donde la otra construye a la una.
En las noches…
En las noches, cuando era niño,
al salir de la casa me parecía sentir
que a lo lejos, del otro lado del río,
alguien levantaba las manos y me llamaba.
Yo trataba de escuchar esa voz
entre el ruido de la noche.
Pero las estrellas numerosas hacían ruido,
se congregaban ensordecedoras
como si el calor las hiciera brillar más.
Y la tierra también desprendía una voz
de piedras, de raíces, de días, bajo el polvo caliente del verano.
Las luces de las casas parecían vivientes.
Todo tenía luz, todo era un lugar ocupado, milagroso.
Pero sólo yo oía, sentado en la tierra.
Oh Dios mío, sólo yo oía, sentado en la tierra.
Sé que todavía esa noche, ahora, alguien levanta las manos y me llama.
Como un poeta consecuente con el destino fatal y sublime que la poesía impone a sus elegidos, Montemayor ama las palabras más allá de lo imaginable. Cómo no amar lo que nombra, lo que inventa, lo que ilumina, lo que explica, lo que da cuerpo a nuestros deseos, a nuestras preguntas. Las palabras nos cobijan, nos atrapan, nos confunden. Nacemos a golpes de palabras y morimos rodeados de silencio donde la palabra ya no es, pero se queda.
Siempre me pareció…
Siempre me pareció muy oscuro, desde niño,
que alguien dijese lo que no entendía,
o que alguien tratara de decir algo hermoso.
Cuando hablamos con nosotros mismos
las palabras no quieren ser oscuras,
no aspiran a ser hermosas.
Para todas las cosas hay palabras claras.
Aún para lo oscuro hay palabras luminosas.
Aún para nosotros, que somos oscuros.
Todos sabemos que la poesía habla para conjurar nuestra soledad ontológica: la más grande verdad humana.
Somos poetas porque queremos apelar a otros, hablamos con nosotros mismos para recordar que existen otros que entienden nuestros gestos y comparten la forma en que sentimos. Queremos desesperadamente hacer de cuenta que no estamos solos, solos en el mundo, solos con nuestros monstruos.
Dejo abiertas las puertas…
Dejo abiertas las puertas de la casa para que todos mis amigos,
con sus recuerdos y su dicha, con sus amores destruidos y
persistentes,
lleguen con su risa y sus vasos desde el primer día de mi vida.
Dejo abiertas las puertas de la casa para esperar a mis padres en [medio de mi infancia
Y caminar de la mano con ellos por una mañana.
Dejo abiertas las puertas para que lleguen mis hijos con sus risas [imborrables,
tropezando en innumerables vidas.
Para que lleguen las mujeres que he amado,
y decirles el tiempo que las esperé,
las tardes que las he comprendido.
Para que el viento inunde la casa, los libros, los muebles, los [días,
oyendo todo lo que es posible.
Dejo abiertas las puertas de la casa
para estar siempre en el mundo.
Como dejamos que la vida deslice su ambrosía por nuestro cuerpo, importa. Importa cómo nos bebemos sus promesas. Importa lo que deseamos, importa cómo miramos a los demás, importa cómo nos reconocemos parte de un todo. Importa dibujar la frontera del otro e importa, sobre todo, borrarla.
Una mirada clarísima se yergue innumerable
cuando en la mujer empieza el mundo.
Esparce un aroma de lluvia sobre la vida,
un aroma de barro, de río,
elevado el sonido primordial de las piedras.
Vuelve los ojos desde su altura, desde su carne,
hasta el silencio en que todo cae y resurge.
Nada podemos olvidar, si la recobramos.
Nada podemos amar, cuando nos doblega.
Nada la detiene, nada nos sacia.
2. LA VIOLENCIA
En la sociología política el tema de la violencia ha cobrado gran importancia. No puede ser de otra manera. El siglo XX fue de grandes guerras mundiales, de totalitarismos de izquierda y derecha y gran confrontación bipolar, con un complejo proceso de descolonización, integrismos que llegan hasta ahora y el omniabarcante problema del terrorismo. Ninguno de estos temas fue extraño para Montemayor quien desarrolló un modelo válido de interpretación sustentado en aportes teóricos de validez empírica y examen particular de casos regionales en diversas zonas de México. Descuella por encima de otros escritores por el compromiso moral con su pueblo. Mientras muchos intelectuales con fama de progresistas se dedicaron a narrar los horrores de los campos de concentración de Hitler, el Gulag, los crímenes de Stalin, a Montemayor le bastó levantar muy poco su mirada para darse cuenta de la violencia de Estado en un país — su país— de tan difícil clasificación en el entorno mundial. Así, dedicó a ese tema, esencial como pocos, buena parte de su obra; en especial, una pieza llamada a convertirse en libro básico para interpretar al país: hablo de La violencia de Estado en México.
En su visión están los referentes internacionales, desde luego, pero sobre todo la acuciosa descripción de las luchas sofocadas, cuya persecución vulneró lo mismo a obreros que campesinos, estudiantes o indígenas, protagonistas de la izquierda y modestos seres a quienes un día aplastó el omnipotente Leviathán mexicano, lanzándoles a la proscripción y la guerrilla.
Montemayor no tuvo que lavar culpas por sus silencios, disparando con engaño todas sus balas contra dictadores de otros países. Sus críticas se demuestran empíricamente con los apellidos de nuestro presidentes de la república, los gobernadores, los alcaldes, los procuradores, los generales de diverso rango, los policías y agentes del ministerio público, los jueces y ministros y al final, pero nunca al final, los medios de comunicación que propiciaban que la represión sucediera y después la silenciaban.
Hay dos cosas que sobresalen en esta visión: por un lado, el desmenuzamiento del pensamiento de la derecha política que ve un conspirador atrás de cualquier reclamo social, el gobernante que, dócil a este débil paradigma, no va a la raíz sino a la violencia para perpetuarse en el poder. Por el otro, la denuncia certera de una violencia de estado perpetrada contra los titulares de los derechos básicos, contraria, obviamente, a la normalidad democrática que implica aplicar las leyes, respetar el estado de derecho y construir el orden con justicia para todos.
De esta manera, desfila por la obra de Montemayor una vasta cantidad de lo que podríamos llamar los condenados de nuestra propia tierra. Para nuestro autor, esto “es una herida en el tejido de la sociedad que no cicatriza, que permanece como una marca indeleble de la imperfección y arrogancia política de un Estado contra su propio pueblo”.
Como político que soy, la lectura de Montemayor en este tema me es insustituible, ya que su aliento me ayuda a no doblegar mi propia resistencia y voluntad, divisa que siempre mantiene en mente el político autoritario y con poder que busca adversarios para destruirlos.
3. EL INTELECTUAL
Más allá de las muchas disputas ideológicas para catalogar el papel de los intelectuales, en ocasiones, de exclusión aberrante, Montemayor alcanzó con creces la calidad de un intelectual crítico, por definición ajeno a todo filisteísmo. No necesitó autocatalogarse como intelectual comprometido.
Simplemente comprendió, y obró en consecuencia, que entre más reaccionaria es una clase política con poder, el orden que respalda y sustenta se convierte en una gran traba para la liberación. Adherido desde muy joven a la tradición humanista, buscó el desarrollo de su pueblo, para mí muy claramente en toda su obra; pero más cuando sabía de los riesgos de la discriminación, la intimidación y el ostracismo. Con una característica: realizó su obra sin victimizarse, lo que les ha resultado sumamente difícil a otros pensadores contemporáneos con diversos pesos específicos.
Por eso, su obra, y sobre todo sus entregas periodísticas, se esperaban con impaciencia, porque había la certeza de encontrar el juicio profundo y su respaldo riguroso en la propia realidad. Probablemente Montemayor no fue el gran escritor al que se podría clasificar de acuerdo con Solomon Volkov como “un segundo gobierno”, precisamente porque en nuestra cultura la grandeza de nuestros pensadores aún se administra desde el Estado mismo con la ley del hielo y desde una comunidad que teniendo a sus gigantes, no se trepa en ellos para atalayar más lejos.
4. MONTEMAYOR COMO ESPEJO DE LOS CHIHUAHUENSES
Hace unas cuantas semanas viajé por Chile y Argentina. En la patria de Allende se reconoce a Neruda como el poeta nacional que trascendió al mundo y está en todos los poros de la sociedad andina, no nada más en su querida Isla Negra. Cualquier hombre o mujer de la calle da razón, santo y seña de don Pablo. Me llevé la impresión contraria con Borges. Casi nadie en la calle te dice dónde vivió, las señales son nebulosas y el mutismo dolorosa actitud para el que interroga. Esta circunstancia no le resta nada al autor de Fervor por Buenos aires.
Con esta referencia, enmarco a Montemayor en su patria pequeña. Casi es un grupo de iniciados el que ha profundizado en su obra y su existencia cívica es bastante magra. Pareciera nuestra tierra, una tierra ingrata que no aquilata la estatura de un gran pensador como el parralense, que no le da la importancia capital a contarlo entre los nuestros en un momento en que la cultura se torna el campo de batalla entre la violencia de Estado, la agresividad del crimen, la falta de liderazgo y responsabilidad de los gobernantes y la ambición imperial intervencionista.
Hurgando en la comunidad sobre esto, he llegado hasta escuchar que, habiendo muerto casi al mismo tiempo que Monsiváis, su dimensión se opacó. Algo así como creer que Beethoven borró a Schubert. A lo más, habría que reconocer que de ser cierto esto —no lo es por lo absurdo del juicio— la responsabilidad sería de los herederos de la obra imperecedera. Recoger en Chihuahua a Montemayor es construir también su dimensión universal y llamo a esa tarea. Porque entraña la batalla por nuestra existencia misma.
Hay que sonreír como el tierno niño de la égloga de Virgilio, a la que Montemayor le consagró con erudición una de sus obras. Eso es reconocer a la madre de nuestro origen, a nuestra tierra de frontera. Si no lo hacemos, no tendremos la dignidad para acercarnos a la buena mesa del mundo y a toda la venturosa pasión que entraña la defensa de la cultura en tiempos tan aciagos donde no hay más asidero.
Carlos hoy te echamos de menos. Hoy te nombramos para que existas y no te vayas. Hoy te acuñamos en nuestra memoria. Porque tú labraste tu propia memoria en tus escritos, pues el hombre vivirá en sus libros, sin duda. Hoy estás. Hoy y siempre.
Marzo 10 de 2011
Poesía
- Las armas del viento. Hiperión, México, 1977.
- Abril y otros poemas. FCE, México, 1979.
- Finisterra. Premiá, México, 1982.
- Abril y otras estaciones (1977-1989). FCE, México, 1989.
- Poesía (1977-1996). Aldus, México, 1997.
- Antología personal. Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2001.
- Los amores pastoriles
- Los poemas de Tsin Pau. Alforja, México, 2007.
Relato
- Las llaves de Urgell. Siglo XXI Editores, México, 1971. (Recibió el Premio Xavier Villaurrutia)
- El alba y otros cuentos. Premiá, México, 1986.
- Operativo en el trópico. Aldus, México, 1994.
- Cuentos gnósticos. Seix Barral, México, 1997.
- La tormenta y otras historias. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1999.
Novela
- Mal de piedra. Premiá, México, 1980.
- Minas del retorno. Argos-Vergara, 1982.
- Guerra en el Paraíso. Diana, México, 1991/Seix Barral, México, 1997.
- Los informes secretos. Joaquín Mortiz, México, 1999.
- Las armas del alba. Joaquín Mortiz, México, 2003.
- La fuga. FCE, México, 2007.
Ensayo
- Chiapas. La rebelión indígena en México.
- La guerrilla recurrente.
- Rehacer la Historia.
- Pueblos indios en México.2
Música
- Encuentro en el ocaso, libreto para una ópera en un acto puesto en música por Daniel Catán.
- El último romántico, álbum.
- Canciones napolitanas e italianas, álbum.
- Canciones de María Grever, álbum.
Fuente: Wikipedia.




