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Reforma política, ¿en serio?

14 Febrero 2010 1,102 vistas No hay comentarios
reyes heroles

Jesús Reyes Heroles. Las ideas, los ideales.

En las discusiones sobre la reforma del estado, hay muchos protagonistas de calidad. Creen en las bondades de la vida democrática, pero están convencidos de que no habrá avances si antes no se lleva a cabo una profunda labor de autocrítica en los partidos. Tarea compleja que tiene que ver con las declaraciones de principios e ideales. El silenciero recibe en sus páginas con mucho gusto la colaboración del valioso estudioso de la Ciencia Política, Juan-Pablo Calderón Patiño. Es militante priísta, pero ha abrevado no en las matracas ni en las grillas baratas de las gavillas, sino en las ideas de Jesús Reyes Heroles y de otros grandes ideólogos y pensadores. Bienvenido.


Por Juan-Pablo Calderón Patiño

jpcpEl economista mexicano David Ibarra, comentó que “Si algo sobresale en la crisis mexicana es la parálisis. El mercado sin Estado orientador, regulador y mediador, poco o nada resuelve de las debacles económica y política; el Estado sin sociedad da tumbos, incapaz de aglutinar constructivamente a las fuerzas colectivas.” (Proceso, La derechización de la política, No. 1733). La realidad nacional, no puede tener otro diagnóstico más cercano a las palabras del ex Secretario de Hacienda.  Hace unas semanas, el Presidente Felipe Calderón, como grito en el vacío, lanzó un intento de Reforma política, el cual en muchos de sus puntos, ya están desde hace varios lustros en la agenda de asignaturas pendientes que México mantiene.

Antes de tratar de convocar urgentemente (y sin fuerza ni calidad política) a todas las fuerzas políticas nacionales, a sentarse a la mesa de negociaciones y formular, más que reformar el Estado, cuestión que supondría reformar sus elementos constitutivos naturales. Lo que se necesita es traducir un nuevo instrumento y guía para un nuevo régimen político, que nada tiene que ver con el sistema constituido por el período histórico del partido hegemónico. Reconocer lo anterior, es un paso alentador.

Beatriz

Beatriz Paredes, ¿el nuevo PRI?

Urge empezar a conformar un nuevo régimen, que rebase la importante, pero insuficiente alternancia en el poder. Hay sin embargo, espejismos de conveniencia para unos cuantos,  que pueden atrapar a más de una fuerza política para “transformarse para que todo siga igual”. Hoy el conservadurismo tiene doble rasero: el ideológico y el que prevalece aún en algunos integrantes de la izquierda o de algunos otros refugiados en un PRI que perjura, aún sin debatirlo en su interior para asegurar su distintivo frente al exterior, que es socialdemócrata.  Ese conservadurismo es el excesivo pragmatismo para que el sistema siga inamovible para los intereses de una buena parte de sus dirigentes.

Un proceso de Reforma política, debe tener el compromiso de reducir la brecha, que para muchos especialistas, se encuentra entre el país real y el país legal. Tratar de hacer una ley de acuerdo a la realidad mexicana, es una condición para su éxito. Hacer leyes suspirando modelos ajenos a los nuestros, desembocaría en el desastre. Pero también se desprende una interrogante. ¿La actual élite política será la garante de la transformación de un nuevo sistema político y de una cultura política democrática? Una mínima parte, que incluye a todos los partidos, si está preparada para iniciar el camino para una transformación. No obstante, las transformaciones radicales, vendrán de la juventud y de las próximas generaciones. En ese trazo, más que una élite en el poder, se despierta la urgencia de la formación de una clase gobernante, que ilustrada y con el fluido que  garantiza la inclusión social, coadyuva a la gobernabilidad  responsable. Bien vale la pena recordar

a  Vilfredo Pareto (1848-1923), cuando escribía que las élites no pueden ser hereditarias y que el componente en su calidad, es fundamental para evitar caer en “la historia que es un cementerio de aristocracias”, que ocurre cuando la élite es disfuncional para el espacio colectivo y/o se gobierna tras el trono.

el poder

Los vacíos de poder en el Congreso de la Unión

El presidente ya dejó de ser el primer legislador. El Legislativo es un Poder real y la interrelación entre los poderes de la Federación, acotada por los mandatos constitucionales y conducida con responsabilidad política, es uno de los primeros “peros” de la iniciativa presidencial. Pretender jugar a las sombras con la reelección legislativa o disminuir curules, es un debate sin eco que demuestra que sólo el actual habitante de Los Pinos busca incrementar el poder de “su presidencia”. Es muestra de sectarismo, pero también de irresponsabilidad no encarrilar idénticos contrapesos, de manera particular entre el Ejecutivo y el Legislativo. Confunde, o se lo propone, el igualar su presidencia débil (y con déficit de legitimidad de origen) con el mandato claro de un Poder Ejecutivo fuerte en sus propios límites democráticos. Pretende salvar su lugar en la historia, acosta del debilitamiento institucional y de Estado. Pretende caer en la generalidad de sello vetusto para encontrar salidas fáciles en la construcción de mayorías parlamentarias.

Hoy sin rodeos, se duda para qué sirve la política sino para satisfacer apetitos sectarios, en los que el valor de la militancia en el partido político se enloda entre la corrupción, la pobreza en ideas y la pereza en la movilización de buena parte de la sociedad. Hoy parece tener más éxito quienes organizan mítines faraónicos y reparte canonjías, que el ideólogo, que es el político de formación y vocación. ¿Pará que construir el rumbo del país en las siguientes décadas? Antes, la coyuntura, el inmediatismo y la elección.

patria

Patria, vales por el río...

¿De qué serviría una Reforma política si desaparecieron las paredes del viejo régimen, pero sigue la misma estructura? Raúl Alfonsín, en su libro de Fundamentos de la República Democrática, escribe que “…. la omnipotencia destruye el consenso y el pluralismo. Por eso, el poder, puede dividirse, buscar equilibrios, contrapesos, armonías que, lejos de debitarlo, lo potencian”. El ayer histórico era la omnipotencia del PRI. Hoy, la omnipotencia es la responsabilidad compartida de sociedad y gobierno. Ambos con límites, derechos y responsabilidades.

Como advertencia a una Reforma política con afluente en el rompecabezas del Estado, en necesario dar un mensaje a los que creen conquistar la plaza. Al lograrlo, por lo menos alcanzan su propia gobernabilidad, qué huérfana de exaltar a la alta política, sólo contribuye a la simulación democrática. Los poderes fácticos, aquellas potestades que no surgen de la ley, ni están en ella arregladas, sino que nacen de la dinámica de las relaciones sociales, tal como lo define Rodrigo Borja, pretenden exaltar que son los salvadores de la política, cuando con sus actitudes de exclusión y en el poder del dinero, hacen visceral la competencia legal y democrática, no sólo por el poder sino por su control, desafiando cualquier vestigio de lo público para suplantarlo por el privado.

Ilustracion articulo juan pabloAntes de buscar enfrentar con audacia e inteligencia a esos poderes fácticos, que buscan la desregulación a cualquier precio, hay que atender la lamentable razón por la que llegaron a tener la fuerza sin límite, que tienen desde grandes empresas, donde predominan las de comunicación masiva hasta intereses ajenos a la legalidad, pasando por sindicatos oficiales ajenos al verdadero sindicalismo democrático. Una reforma política contundente, regula, defiende al imperio de la ley y desde las instituciones no amenaza cuando se vulnera, actúa para protegerlo.

Un Estado social y democráticamente responsable, no puede dejar cabos sueltos por el bien de la población. Regula para asegurar las libertades de los ciudadanos, pero también para infundir una mayor participación social en la vida política nacional. Si buena parte de la sociedad vive en la antipatía, la somnolencia mental para buscar nuevos y alternativos caminos y la falta de asombro frente a cotidianos magros capítulos de algunos, que están hoy en el poder, sin darse cuenta, constituyen los verdaderos aliados de los poderes fácticos y de la degeneración de la política.

Es urgente volver a establecer en el siglo XXI, la razón y esencia de concebir la política  como el instrumento de la razón, por más pasión que se tiene y se lleva en la sangre, es una de las mayores creaciones de la humanidad, que hoy no puede darse el lujo de fallar. En México, no se puede encaminar La Reforma del Estado sin replantear el concepto, profundidad  y confianza de la política y desde luego ¿Qué clase de política se quiere? ¿Qué se entiende por interés nacional? Tarea no sólo para los que hoy transitan en el presente, sino también para los que vienen. No contestar estas interrogantes, es no hacer justicia a los mexicanos que lucharon para abrir la puerta a las grandes transformaciones nacionales, entre ellos, un millón de muertos de La Revolución Mexicana, es el momento refundacional del Estado mexicano. ¿Nos encontramos hoy en un nuevo viraje histórico o somos hijos del inmovilismo, que no es otra cosa que hacer todo, para que al final todo quede peor?

El Congreso de la Unión es la punta de lanza para la negociación, circulación e implementación de La Reforma política. La política como profesión, con una visión de largo plazo, que rebase períodos legislativos o presidenciales, la prevención de conflictos, el reconocimiento al contrincante político y a la pluralidad, la capacidad para hacer eficiente la democracia. Estos son los vectores y propósitos que deben guiar la ruta de la “Reforma de reformas”.

La política social, la económica, la fiscal, la exterior, comercial y toda política sectorial, deben de encontrar cauces en una nueve visión de la política. Las cuales se encuentran condensadas,  en la capacidad de que por arriba de las legítimas diferencias políticas, además de necesarias en una democracia que no admite homogeneidad y uniformidad, hay un camino y destino común, que debe de ser un proyecto de nación incluyente y vigoroso. Proyecto que llama a pendientes como la redefinición del nacionalismo mexicano en la globalización y una necesaria redistribución de la riqueza.

En la capacidad de saber conducir  la Reforma política con estatura de Estado, se tendrá asegurado su éxito. Construir una Reforma política, es vencer la parálisis que señala David Ibarra. No es el reformismo a ciegas, ni tampoco atender una reforma electoral que ya no puede estar desligada de reformas para operar y hacer política en el mandato.  La tarea es compartida, pero tan importante es que resulta imposible dejársela sólo a los políticos. Sería muy peligroso maniobrar para garantizar la sobrevivencia de una elite acosta de la lejanía con la ciudadanía. Hacerlo, es poner fuego en la mecha. Un 2010, enigmático sucesor de 1810 y 1910, también debe tener un derrotero histórico, que demuestre que los virajes  que la nación requiere, se dan con el debate, la razón y la responsabilidad política.

matracas o ideas

matracas o ideas, la gran disyuntiva de la refundación

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