Esther Chávez Cano
Desigualdad social, origen de la violencia
Tras recibir el Premio Nacional de Derechos Humanos, de manos del Presidente Felipe Calderón, el 10 de diciembre del año 2008, la inolvidable Esther Chávez Cano pronunció un discurso que constituye un homenaje a las mujeres de todo el mundo. Hoy, en el día dedicado a honrar sus luchas y valores, divulgamos el valioso texto y recordamos a quien realizó grandes aportaciones para la reivindicación de la dignidad y la justicia de las mujeres mexicanas.
Licenciado Felipe Calderón Hinojosa, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos; doctor José Luis Soberanes, Presidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos; miembros del presídium, señoras y señores.
Agradezco a la Comisión Nacional de Derechos Humanos el reconocimiento que me otorga. Lo admito con humildad porque no soy yo quien lo merece, sino una representante de la grandeza de todas las mujeres de mi comunidad, del Centro de Crisis Casa Amiga de Ciudad Juárez y de todas aquellas personas que con su voz y el hacer han hecho posible que podamos intervenir activamente en el desarrollo de las mujeres, sus hijas e hijos y en la prevención de la violencia.
Agradezco, por ello, al Consejo de Premiación que haya valorado los méritos de una iniciativa civil como lo es Casa Amiga A. C., que sorteando toda serie de incomprensiones defiende la dignidad de las personas, combate los efectos devastadores de la violencia y se afana en enfrentar las causas que originan la descomposición y desintegración, y que se manifiesta destruyendo, hiriendo y mutilando cuerpos y almas, de lo que alguna vez fuera una comunidad.
Reconozco con amor la presencia de tantas mujeres maltratadas en nuestro Centro y las reconozco en su importancia, en su seguridad, en su fuerza, en su esperanza; así he aprendido que en las mujeres nada está perdido. Nos falta seguir sembrando en tierra fértil las semillas buenas que llevamos dentro y que la cultura se ha empeñado en que no sean sembradas ni cultivas del todo.
Sobreponiéndome a mi propia impotencia, agravada por el avance silencioso de un cáncer terminal que, por cierto, me ha sido atendido con gran diligencia por el personal del Instituto Mexicano del Seguro Social, gracias a los auspicios generosos del doctor José Luis Soberanes y de su equipo, deseo afanosamente seamos capaces de fundar una auténtica comunidad de diálogo y encuentro.
Fenómenos de brutalidad extrema definen la vida cotidiana de mi ciudad y si bien no son privativos de dicha frontera, sí se presentan ahí con particular crudeza y, pareciera, sin esperanza de erradicarse. El alto número de violaciones lacerantes a los derechos humanos y de asesinatos sin fin en esa geografía pone de manifiesto que no se trata de casos aislados, de conductas patológicas que pudieran explicarse y solucionarse de manera científica.
Lejos de ello, la dimensión escandalosa de semejante violencia exhibe con impudicia que se trata de problemas más complejos y profundos: una auténtica crisis moral que vulnera los valores esenciales que en principio nos hacen humanos.
La procuración de justicia, con las necesarias investigaciones ministeriales y el castigo por dichos crímenes, jamás estaría en condiciones de resolver su origen, que son la desigualdad social, la marginación económica, la exclusión educativa, la inexistencia de una cultura de la igualdad.
Sin lugar a dudas el delito, y más aún cuando se trata del crimen organizado, debe ser combatido frontalmente.
Por eso reconozco las reformas constitucionales que ha impulsado el Presidente de la República y que ha aprobado el Poder Legislativo. Pero convertirlo en el único centro de atención del fenómeno de la inseguridad, nos impone una lectura reduccionista que pretende judicializar hasta los más mínimos aspectos de la vida social.
No quisiera ser mal interpretada.
Reitero que el impulso del Estado de Derecho es imprescindible; la justicia es condición necesaria, pero no suficiente.
Se requiere fomento efectivo del bienestar social, redistribución del ingreso, educación, cultura y recreación, igualdad de oportunidades. En suma, lograr el desarrollo integral y no únicamente en el crecimiento económico.
Se necesita inscribir los comportamientos delictivos en el más amplio escenario donde ocurren para enfrentarlo, combatiendo y remediando los rezagos y los agravios de una sociedad muy lastimada. Establecer primero la tolerancia y después el respeto pleno a las diferencias existentes entre los ciudadanos.
Comprendo que esto rebasa a las instituciones del Estado y exige la participación corresponsable de la familia, la escuela, la empresa y el fomento de una cultura de la equidad, las garantías individuales, las obligaciones con terceros y los derechos de preferencia religiosa, sexual y política.
Sólo así estaremos en condiciones de superar el temor que hoy define, en buena medida, nuestra realidad cotidiana; suplir el miedo con la certidumbre de ser libremente iguales, la desmesura de nuestra situación no debe arredramos. Si la violencia nos paraliza, significa que los agentes del mal han triunfado.


















Deje su comentario!